Leyendo a las brujas (II)

Leyendo a las brujas (II)

30 octubre, 2018 2 Por Ellie D. Santiago

De sanadoras a cómplices del demonio: las practicantes de hechicería no siempre fueron consideradas súbditas del Mal 

 

Las brujas están muy lejos de quedar relegadas a la literatura y el arte. No son meros personajes de cuento o de pesadilla: existieron, existen, tienen su propio lugar en la historia, y su desarrollo como personajes de ficción guarda una estrecha relación con el papel que han desempeñado las mujeres a lo largo de los siglos.

Brujas del pasado

Saúl y la bruja de Endor. Óleo sobre lienzo, Salvator Rosa, 1668

En la Antigüedad se denominaba brujas a aquellas personas —mujeres en la práctica totalidad de los casos— cuyo conocimiento y habilidades iban más allá de lo humano. Una de las primeras brujas, si no la primera, en aparecer en un documento escrito figura nada menos que en la Biblia: se trata de la bruja de Endor, a quien se le atribuían los dones de la adivinación y la nigromancia.

En el periodo clásico se consideraba que las brujas eran transmisoras de un saber popular, en armonía con la naturaleza. En opinión de Marc Lanval —pseudónimo del sexólogo francés Joseph-Paul Swenne— los rudimentos de todas las ciencias humanas tuvieron origen femenino. En su conferencia Las mutilaciones sexuales en las religiones antiguas y modernas, publicada por escrito en 1936, declaró: “Mientras los muchachos se iban a cazar, las jovencitas empezaban a aprender las labores de su sexo, entre las que se encontraba el saber sanar las inevitables heridas que los hombres se hacían en la caza y el combate. Por eso, el origen femenino de la ciencia médica es indiscutible: eran las mujeres quienes contemplaban las estrellas, los astros y las fases lunares, siendo así conscientes de la analogía existente entre éstas y la vida sexual”. Esos conocimientos “mágicos”—fundamentados en su mayor parte, en efecto, en la curación— se desarrollaron y cultivaron envueltos en un halo de misterio, ya que quedaban relegados a la esfera privada. Y dicha marginación no era positiva, pues tenía su origen en el desprecio que griegos y romanos profesaban a los trabajos manuales, entre los que se incluía el arte de curar.

El triunfo de san Agustín. Óleo sobre lienzo, Claudio Coello, 1664

La llegada del cristianismo fue sinónimo de condena para las practicantes de la curación. El monoteísmo marginó las religiones y cultos vigentes hasta el momento, y de esa forma dotó a los conceptos de magia, brujería y superstición de una fuerte carga negativa. A partir de entonces, la palabra bruja pasó a usarse para designar a toda mujer que rompiera moldes y desafiara los cánones de la época, o bien poseyera conocimientos fuera de lo ordinario y/o un carácter más tenaz de lo que la visión patriarcal de la sociedad consideraba correcto en el género femenino. En su obra La ciudad de Dios, Agustín de Hipona (354-430 d.C.) definió las artes mágicas como “un proceso mediante el cual se establecía una conexión entre seres humanos y seres maléficos”. Tomás de Aquino (1225-1274) fue más allá y matizó que no era una conexión lo que se creaba entre ambos seres, sino un pacto.

Como consecuencia de esa idea, las mujeres dejaron de considerarse meras pecadoras natas para convertirse en cómplices directas de las fuerzas del Mal: a lo largo de la Edad Media y el Renacimiento, la condena a la brujería se convirtió en una persecución abierta en Europa, instigada por la aparición de la Inquisición. En este contexto se publicó, en 1487, el volumen considerado como el más importante que se haya escrito en cuanto a la caza de brujas: el Malleus Maleficarum, obra del inquisidor Heinrich Kramer y el fraile dominico Jakob Sprenger, en la que se daban instrucciones precisas para detectar a las brujas y forzarlas a confesar mediante tortura.

Grabado que representa los juicios de Salem. Autor y fecha desconocidos

La histeria colectiva consiguió atravesar el Atlántico, ya que en América tuvo lugar uno de los episodios más inhumanos: los juicios de Salem, acaecidos en la por aquel entonces colonia de Massachussets entre los años 1692 y 1693. A lo largo de ese periodo se acusó de brujería a unas doscientas personas, diecinueve de las cuales —catorce mujeres y cinco hombres— fueron asesinadas en la horca (porque, tal y como señala la historiadora Katherine Howe en El libro de las brujas, en las viejas colonias inglesas la brujería se consideraba un delito penal cuyo castigo era morir con una soga al cuello, no en la hoguera como se da por sentado en la imaginación popular). De la Edad Moderna en adelante, gracias a las corrientes racionalistas, la sociedad perdió, paulatinamente, la credulidad en cuanto a la brujería.

Brujas del presente y del futuro

En 1971 Adrienne Rich, poeta, crítica y activista feminista, formuló en su ensayo Cuando las muertas despertamos: escribir como Re-visión la necesidad de reinventar, de forma desligada, las convenciones culturales a las que la sociedad está sometida, de forma que las narraciones se adapten a una nueva visión que se aleje de los mitos tradicionales. En la actualidad las mujeres han hecho suya la brujería, usándola como una expresión más del empoderamiento femenino. Porque en palabras de Clara María Molero, profesora del Instituto Cervantes de Bruselas, la mujer es la única que puede, a pesar de los siglos de dominación, trastocar por completo el establecido mundo masculino.

 

Las brujas siempre han sido mujeres que se atrevieron a ser valerosas, agresivas, inteligentes, no conformistas, curiosas, independientes, liberadas sexualmente, revolucionarias […] Una bruja vive y ríe en cada mujer. Es la parte libre de cada una de nosotras […] Eres una bruja por el hecho de ser mujer, indómita, aireada, alegre e inmortal.

Morgan, 1970