Leyendo a las brujas (I)

Leyendo a las brujas (I)

23 octubre, 2018 4 Por Ellie D. Santiago

Tanto la literatura como la historia del arte son los grandes artífices de la percepción que en la actualidad se tiene de las practicantes de hechicería

 

La bruja es una figura recurrente de la ficción, que a lo largo de los siglos ha interpretado dos papeles fundamentales: por un lado el de la antagonista o, como se diría coloquialmente, “la mala de la película”. Por el otro, el de la auxiliar del héroe, aquella que ayuda al personaje principal de la historia a lograr sus objetivos. 

Circe ofreciendo la copa a Odiseo. Óleo sobre lienzo, John William Waterhouse, 1891

De entre las primeras brujas de la historia de la literatura cabe destacar a dos, ajenas a la concepción actual que se tiene de las brujas (ancianas con verrugas y nariz ganchuda montadas en escobas). Ambas son originarias de la Grecia clásica, y se caracterizan por ser jóvenes, hermosas e independientes. Por un lado está Circe, diosa y hechicera que aparece en la Odisea de Homero, conocida por utilizar hierbas y pociones para transformar en animal a todo el que la ofendiera. Se dice que su sobrina Medea, quien contrajo matrimonio con Jasón, buscador del vellocino de oro, aprendió de ella sus dotes mágicas.

Morgana le Fay. Óleo sobre tabla de madera, Anthony Frederick Sandys, 1864

La percepción de las brujas como mujeres bellas y empoderadas se mantuvo en la Edad Media, época de la que datan las leyendas artúricas. En ellas es relevante la figura de Morgana le Fay, una mujer que en las primeras versiones representaba el papel de una poderosa hechicera, alumna de Merlín y una de las nueve hadas que habitaba en la legendaria isla de Avalon. Con el paso de los siglos, los relatos transformaron a Morgana en la antagonista de las leyendas, convirtiéndola en enemiga de su hermanastro, el rey Arturo.

La concepción moderna que se tiene de las brujas no nació en la literatura; tiene su origen en la historia del arte. Alberto Durero, máximo exponente del Renacimiento alemán, plasmó en su grabado Las cuatro brujas el estereotipo de hechicera que se concebía hasta el momento. Más adelante, en Bruja montando una cabra al revés, modificó por completo su apariencia, presentándola como una mujer anciana y horrible, desnuda, montada sobre una cabra cornuda —que en la actualidad se considera una de las múltiples representaciones del demonio— con la boca abierta en señal del lanzamiento de un maleficio y una escoba en la mano. Otro ejemplo icónico de lo que hoy se considera una bruja es Lo Stregozzo o La procesión de la bruja, un grabado del artista veneciano Agostino Musi. Según explica Deanna Petherbridge, artista, escritora y curadora británica, estas figuras derivan de la representación de la envidia que el pintor Andrea Mantegna realizó en 1470 en el grabado La batalla de los dioses marinos, a partir del cual se generalizó la idea de que las brujas eran una especie de arpías.

Celestina. Óleo sobre lienzo, Pablo Picasso, 1903

En el caso de España, uno de los primeros textos que hacen menciones claras a hechizos y encantamientos es el Libro de Apolonio, obra castellana anónima datada de mediados del siglo XIII. Más adelante aparecieron referencias a mujeres con habilidades sobrenaturales, en obras como El conde Lucanor o La Celestina. Celestina constituye la más icónica de las hechiceras de la literatura española, en parte por su condición de alcahueta. Las brujas fueron una figura recurrente en el Siglo de Oro; todas sus apariciones en la literatura de la época pueden consultarse en Hechiceras y brujas en la literatura española del Siglo de Oro, obra de Eva Lara Alberola, docente en la Universidad Católica de Valencia.   

Algunas de las obras más conocidas de la literatura contemporánea, en las que aparece la figura de la bruja, son Las brujas de Salem o El crisol —obra de Arthur Miller que retrata los enjuiciamientos por brujería que hubo en Essex, Suffolk y Middlesex entre 1692 y 1693—, la trilogía Las brujas de Mayfair, de Anne Rice, o los libros de la saga del Mundodisco, de Terry Pratchett. También pueden encontrarse ejemplos en obras infantiles como Las brujas, de Roald Dahl, o los cuentos clásicos que posteriormente Disney adaptó a la gran pantalla, en los que aparecen hechiceras de todo tipo: la reina Grimhilde en Blancanieves, el hada malvada Maléfica en La bella durmiente o Úrsula, la Bruja del Mar, en La Sirenita.

 

Pero las brujas están muy lejos de quedar relegadas a la literatura y el arte. No son meros personajes de cuento o de pesadilla: existieron, existen, y tienen su propio lugar en la historia.